Con la llegada del invierno nos sentimos muchas veces envueltos por una extraña melancolía. Algo así.(Cada uno, indiscutiblemente, siente a su manera, pero generalmente coincidimos en esto).
Innegablemente existen muchísimas personas para quienes es igual el paso de las estaciones en la vida. Muchos no nos encontramos en ese grupo, felizmente tenemos la suerte de poder apreciar los cambios que ocurren en nuestra existencia con el pasar de los tiempos, de las estaciones, y que de una manera u otra nos afectan.
Aquellos, jóvenes o viejos, a quienes el pasar de las estaciones no les inmutan, son seres privilegiados, a quienes no podemos menos que admirar. (O compadecer).
Para los que tenemos el espíritu “atento” el paso del tiempo intenta conmovernos, es innegable, por un lado o por el otro, para bien o para mal. Consintámoslo o no.
Los veranos, con el sol de nuestro lado, brillan más, y de alguna manera animan nuestro pasar, como que desde las primaveras nos sentimos renaciendo, y en cierta forma es así.
Lo que muchos confundimos, y es erróneo hacerlo, es “la llegada del invierno”, con “un invierno en nuestras vidas”. Esta ahí la cuestión.
No existen los inviernos en nuestras vidas.
No al menos como creemos sentirlos.
Nosotros los creamos. En nuestra mente y en nuestro espíritu.
Sin darnos cuenta, o dándonosla, generamos cierto estado de animo, y muchas veces de desanimo que nos lleva a cambiar nuestra actitud frente a la vida. Erróneamente.
Debemos tener siempre una sola actitud frente a la vida, la de sobrellevarla.
Y la de sobrellevarla y afrontarla decididamente y con valor, sintámoslo o no (el valor).
Tener miedo no es malo, al contrario, es valiente aquel que sintiendo miedo enfrenta lo que se lo produce. ¿Sin miedo que gracia tiene ser valiente?
El paso de las estaciones no nos indica mas que el cambio que debemos realizar en nuestras estrategias para continuar sobreviviendo y luego, ya mas tranquilos, viviendo.
Y mientras vivimos no podemos, mejor dicho, no debemos considerar un “invierno en nuestras vidas”, es un lujo no permitido, nos exprime, nos entristece y nos decae.
Obviamente en la vida nuestra parte “física” tiene su apogeo y su desmoronamiento.
Pero no somos solo eso, no olvidemos el espíritu que vive dentro de nosotros y al cual nos referimos. Y al que debemos mantener siempre firme y digno.
Es él el que no debe sentir esos inviernos. No lo atormentemos. No nos atormentemos.
Recordemos que muchos dependen directa o indirectamente de nosotros y el estar entristecidos o decaídos solo hace que no podamos atenderlos como quisiéramos y que los que nos atienden (porque la vida es un círculo) no puedan hacerlo con nosotros.
Todo se encuentra en nuestra mente, nosotros controlamos nuestros pensamientos, nuestros pensamientos controlan nuestros sentimientos, en consecuencia nosotros controlamos a nuestros sentimientos. No decaigamos.
Jamás permitamos que pensamientos como el del invierno en nuestras vidas se apoderen de nosotros, de nuestro espíritu y nuestro corazón, para ellos solo deben existir veranos donde brilla el sol en nuestro diario vivir. Con esperanza.
Aunque las sombras y la oscuridad nos estén acechando.
Echémosle alegría siempre a nuestro paso por este mundo.
La fuerza estará con nosotros.
En nuestro espíritu, y en nuestro corazón, motores de nuestros actos.
No el invierno.
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