jueves, 10 de septiembre de 2009

AQUELLA MUJER (Autora: Sylvia Johnson: Barcelona-España)

Yo era tan solo una niña. Deiciseis años recien cumplidos. En aquel tiempo, en mi juventud, se hablaba mucho de una mujer que hacía años había llegado al pueblo. Vivía en la casita del Valle blanco. Llamado así por estar cubierto por un frondoso manto de florecillas blancas durante todas las épocas del año. La casa estaba situada al lado de una colina.
La Sin Nombre.
Era una mujer hermosa que rondaba los 40 años de edad. Por lo que se sabía, vivia sola, y no se la veía mucho por el pueblo, sino en el mercado; cada quince días, o una vez al mes. Me resultaba muy extraño el hecho de que cada vez que oía hablar de ella había un brillo casi deslumbrante en la expresión que de quien hablase de la mujer. Decían que era un ser distinto, especial. Todos aquellos que la vieron cara a cara compartían un especie de afan infinito. Una misteriosa alegría. Decían de ella, que con una mirada, la mujer, les regalaba el sol. Que con una sonrisa les concedía una vida más. Decían que sentían que era como si, esa mujer, fuese una fuente inagotable de amor y ternura. Cosas tales, como que aquel que se cruzó con su mirada, jamás la olvidó. Sin embargo no se sabía nada de ella. De donde era, a que se dedicaba, ni su nombre si quiera. Al parecer nunca le habia dirigido una palabra a un ser vivo. Al menos, no desde que llegó al pueblo. Fue mi prima Janely, una vez, que llegó a mi casa, salió al jardín, se me acercó al columpio donde me mecía al ritmo del caer de la tarde y dijo:
_ La ví_.
Tan solo me susurró al oído. Pero sus ojos parecían salirseles de la cara com los corchos de dos botellas de espumante a punto de saltar y volar al cielo. Casi casi, escuché su corazón palpitar, pero no como un corazón. Sino como un volcán apunto de eruptar.
Por algún motivo por unos segundos sentí ira. Pues yó nunca la había visto. Oí hablar de ella muchas veces. En el mercado, en la playa, en la tienda de la esquina y hasta en casa de mi abuela, cuando se reunían todos los viejos a jugar a las cartas.
_ ¿Está en el pueblo?_ Le pregunté a mi prima.
No, ya se fué Contestó. _ Voy a decirle a Javi que le quiero._ Janely anunció sin más y marchó.
Javier y ella se amaban desde hacía siglos, pero ninguno se atrevía a hablarse el uno al otro y nisiquiera a mirarse.
Entonces sí, no se si por envidia o por curiosidad, una fuerza más grande que yó me empujó a caminar hacia el Valle Blanco, allí donde esta La Sin Nombre.
Caminando hacía el Valle Blaco, el alma se me llenó de ansia. El corazón se me encogío. Jamás recorrí un camino tan largo en tan solo diez minutos. Bajé por la conlina y allí la ví. Virada hacia el norte y con los brazos alzados al aire. Aún de espaldas a mi setí que me esperaba. Aquella mujer, murmuraba palabras indescifrables. Me quedé paralizada con lo que veían mis ojos y con lo que oían mis oidos. Pero no era yo la única paralizada. Parecía que el mundo entero hubiera pausado para escucharla. Ni pájaros, ni viento, ni insectos. Nada se movía. Sin poder dar un paso para cruzar los cien metros que nos separaban, aguardé.
A pesar de la distancia yo era capaz de ecuchar sus murmuros como si me susurrara al oido. Pudo ser una infinidad o un décimo de segundo. Perdí la noción del tiempo. Aquella mujer se viró hacía mi y en un istante, no se como, me hayaba cara a cara frente a ella. Aquella mujer, hundió su mirada en mis ojos. De pronto sentí tanto miedo, que aún recordánlo ahora, 70 años despues, se me hace un nudo en la garganta, aún hoy recordando ese momento, el corazón se me quiere salir por la boca. Una oleada de sentimientos, que nunca antes conocí, me azotó como si fuensen una furiosa tempestad en el bosque. Mi cuerpo entero se inhundo de lágrimas. El alma se me salió. Creí verme flotar en el lago que se formaba de lágrima tras lágrima.
La mujer tomó mis manos y preguntó:
¿Quieres ver?

No conteste.
_ Mira con los ojos del alma. Sonríe con el corazón. Y entonces verás_ Dijo.
Volvió a echar los brazos al cielo y cuando alzé la mirada vi mil destellos de luz parpadeantes que crecían y formaban figuras luminosas. Escuché una melodía divina o celestial, imposible de describir, definir o interpretar. Por lo menos no con palabras de la lengua que conozco. Pronto distinguí asi como un millar de ángeles o seres de luz. Los seres rebosaban de alegría y aplaudían. En seguida se transformaron en uno solo, y ese uno en Luz. Una luz potente que me bañó como si de una cascada de mantial se tratase. Entonces sentí la pura esencia de mi ser. Sentí amor. Sentí un poder, el poder de todo ser en mi. Sintí como mi esencia, pura e inagotable salía de mi y cubría el mundo entero. Entonces supe que el antes o el después no importaban.

Supe que mi vida perpetuaría para siempre en ese mometo infinito de mi.



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